Varios coincidimos en sostener que el vino es el gran aliado de la gastronomía. Sin embargo, en el vasto mundo de las bebidas hay otro producto también resultado de una fermentación alcohólica con una primera diferencia: su materia prima es la manzana y en algunos casos, también la pera.
Los orígenes de la sidra se ubican en el área caucásica, Mesopotamia y toda Asia central. A su vez, la costa cantábrica en España y singularmente Asturias y el País Vasco son zonas con gran presencia de manzanos desde tiempos inmemoriales.
De la misma manera que a las uvas se las reconoce por variedades, las manzanas se dividen en: acidas, ácido-amargas, amargas, semi amargas, dulce-amarga, semi ácidas, dulces, etcétera, llevando cada una nombres específicos. Podríamos mencionar así a la red Kingston, limón montés y xuanina, entre las 5000 variedades genéticamente diferenciadas.
Una vez obtenido el mosto o jugo de la manzana, tiene lugar una fermentación alcohólica, que genera gas carbónico (sólo con el azúcar natural se alcanza entre 4 y 6º de alcohol).
Tiene fama internacional la sidra asturiana, que tiene una segunda fermentación en tanques, como lo hacen la mayoría de los vinos espumosos en nuestro país.
En la gastronomía ganó su lugar ante platos con base de cremas, pescados como el atún o rape, crepes saladas y postres de frutas para las sidras dulces.
Para evidenciar la versatilidad de esta bebida, vale sumar a la sidra de hielo natural de Quebec, única en su tipo ya que se asemeja a la elaboración de los Icewine o vinos de hielo, también típicos de Canadá.
Esto demuestra que trabajar con una materia prima de calidad y con el conocimiento e insumos adecuados pueden convertir cualquier producto en algo preciado. La Argentina tiene un testigo indiscutido que es el vino, como también lo es el aceite o el queso. En el caso de la sidra sólo hay que dar con productores serios para que nos regalen otra buena oportunidad..
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